Pintura

El gran dragón rojo | El Apocalipsis según la mirada de William Blake

El gran dragón rojo de William Blake está incluido en la enigmática serie de acuarelas en las que el genio británico plasmó las visiones del libro de Revelaciones, desafiando la estética de su tiempo a través de una intensa mitología personal.

El terror místico en el lienzo

Dentro de este conjunto destaca la emblemática obra “El gran dragón rojo y la mujer revestida en sol”. En esta pieza, el pintor captura el preciso instante de tensión en que la bestia aguarda para devorar al hijo de una mujer encinta, replicando la profecía descrita en el capítulo 12 del Apocalipsis. Con unas dimensiones de 54,6 centímetros de alto por 43,2 centímetros de ancho, esta joya de la historia del arte se encuentra actualmente custodiada y en exhibición en las colecciones del Museo de Brooklyn.

La serie completa está integrada por un conjunto de acuarelas que el creador y poeta inglés ejecutó en un prolífico período comprendido entre 1805 y 1810. Durante este lustro, Blake recibió el encargo de dar vida a centenares de ilustraciones destinadas a acompañar los textos bíblicos. En ese contexto, centró parte de su esfuerzo en materializar la imponente figura del dragón rojo a través de los pasajes más dramáticos del Nuevo Testamento.

La obra encuentra su correlato directo en las sagradas escrituras:

“Luego apareció en el cielo otra señal: un gran dragón rojo que tenía siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada cabeza. Con la cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las lanzó sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo tan pronto como naciera.”
— Apocalipsis 12:3-4

Entre la lucidez y la incomprensión | Los primeros años (1757 – 1783)

Nacido en Londres en 1757, William Blake se consolidó como una de las mentes más complejas y dotadas de la cultura británica. Mientras sus contemporáneos oscilaban entre catalogarlo como un místico iluminado o un desquiciado que dependía de la caridad de unos pocos mecenas (como su leal amigo Thomas Butts), el tiempo terminó por hacerle justicia elevándolo al rango de visionario.

Su primera etapa creativa abarca hasta su matrimonio en 1782 con Catherine Boucher —quien se convertiría en su compañera fundamental— y la posterior edición de sus Esbozos poéticos (Poetical Sketches, 1783). En estos años iniciales combinó las letras con las artes plásticas, absorbiendo la influencia de referentes como Rafael, Durero y Miguel Ángel. Sin embargo, en lugar de copiar la volumetría clásica, Blake decodificó estas referencias en líneas fluidas y curvas que recuerdan a la miniatura céltica. Esta devoción por el Renacimiento la compartió con el pintor suizo Henry Fuseli (Füssli), cuya llegada a Inglaterra en 1779 ejerció un impacto directo en el estilo del joven creador.

La madurez de un estilo propio (1783 – 1803)

Su periodo intermedio marcó la consolidación de su doble faceta artística. En 1784 fundó un comercio de grabados que gestionó junto a su hermano Robert hasta el fallecimiento de este. Posteriormente, subsistió gracias a encargos externos: primero cobijado por Thomas Butts y más tarde, hacia el año 1800, bajo el amparo de William Hayley. Este aristócrata y protector le facilitó una apacible residencia en Felpham, en la costa de Sussex, donde Blake pasó tres años escribiendo algunos de sus versos más bellos y crípticos.

Previamente, entre 1793 y 1800, el autor se había establecido en Lambeth, un suburbio londinense. De esa época datan sus célebres Cantos de inocencia (1789), confeccionados e ilustrados por él mismo, a los que se sumarían cinco años después los Cantos de experiencia. Es allí donde aborda la pérdida de la pureza humana mediante composiciones inmortales como “La rosa enferma” o “El tigre”, poema famoso por evocar la “aterradora simetría” de la fiera.

Extravagancia literaria y consagración plástica (1803 – 1827)

En su última fase, transcurrida por entero en la capital británica, su poesía se tornó cada vez más inusual, lo que antecedió a dos décadas de relativo silencio lírico pero de una enorme maduración plástica. En lo económico, sufrió la explotación del editor Richard Cromek, de quien se distanció para unirse en 1813 a John Linnell. Este paisajista se convirtió en su mejor protector, financiando proyectos de la talla de las Invenciones para el Libro de Job —considerada unánimemente su obra maestra del grabado— y una serie de láminas inspiradas en la Divina Comedia. En sus inviernos finales, el genio se vio reconfortado por un nutrido grupo de jóvenes creadores y discípulos.

En el plano literario de este tiempo sobresalen El matrimonio del cielo y el infierno (1793), seguido por las ambiciosas entregas de Milton (1804-1818) y Jerusalén (1804-1820). En estas páginas, Blake rompió con la ortodoxia religiosa convencional y anticipó corrientes del simbolismo de fin de siglo, abordando la seducción por el abismo y el desgaste de las estructuras morales burguesas. Asimismo, revolucionó la métrica inglesa al introducir dinámicas de la lírica popular y baladas infantiles en la alta poesía. Décadas más tarde, en 1847, sus cuadernos personales fueron adquiridos por el prerrafaelista Dante Gabriel Rossetti, quien fue uno de los pioneros en rescatar el incalculable valor de su herencia.

La mirada interior y el legado eterno

La potencia de su imaginación se alimentó del rechazo absoluto a la imitación de la naturaleza. Para Blake, la creación nacía exclusivamente de su fuero interno. Consecuentemente, dibujaba cuerpos y escenas desentendiéndose de los cánones anatómicos tradicionales. Consideraba que corregir los trazos dictados por sus visiones espirituales era un acto de superficialidad frente a un arte que, según sus propias palabras, exploraba “proporciones de eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre”.

William Blake falleció en 1827 y fue sepultado inicialmente en una fosa común anónima en Bunhill Fields, Londres, sitio donde hoy se erige un monumento en su memoria y la de su esposa. Su existencia quedó fielmente retratada en una de sus máximas: «La imaginación no es un estado: es la existencia humana en sí misma».

Con los años, su figura trascendió lo netamente cultural: fue reconocido como santo por la Ecclesia Gnostica Catholica y, en 1949, se fundó en Australia el prestigioso Premio Blake, destinado a galardonar las mejores expresiones del arte religioso contemporáneo.

Artículo publicado originalmente el 12/05/13 en el portal cultural Notiruya. La versión actual ha sido revisada, editada y autorizada para su publicación en El Antiprisma.

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